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EL BURRO FRENTE AL
ESTABLO
Reflexiones sobre comunicación y relación
terapéutica.
Lic. Joan Garriga Bacardí
Psicólogo
Institut Gestalt de Barcelona
joan@institutgestalt.com
A modo de
introducción. El burro de Milton.
Milton Erickson ha
sido considerado un maestro en el arte del cambio, por sus métodos
sorpresivos, indirectos, paradójicos, por el uso que hacía de las metáforas
y narraciones como vehículo de influencia y persuasión que desbordaba los
parámetros lógicos y racionales, y por la sutileza y maestría con que
manejaba las posiciones de comunicación y se adentraba en el modelo de mundo
del paciente. Parecía conocer los entresijos y modulaciones del
inconsciente, de tal modo que se deslizaba en él como un navegante certero
sembrando y despertando los recursos que las personas necesitaban para
conseguir sus objetivos.
Contaba una sencilla
historia que en el mundo de la psicoterapia se convertiría en la metáfora
por excelencia para explicar los abordajes paradójicos. Es la siguiente:
“Cuando era joven su familia vivía en una granja, y cierto día se encontró a
su padre ante la puerta del establo, empujando con toda su fuerza al burro
por las bridas para que entrara en el establo. El burro, terco como tal,
permanecía impasible como un resistente pasivo en empecinada oposición.
Erickson solicitó permiso a su padre para intentarlo con sus propios
métodos. Se acercó al burro por atrás y tiró fuertemente de su cola, ante lo
cual el burro manteniendo su oposición simplemente entró en el establo,
cumpliéndose así la tarea”. Esta historia contiene la semilla de ciertas
sugerencias útiles en psicoterapia.
· En primer lugar, el
hijo simboliza lo nuevo, nueva savia, creatividad y perspectivas originales.
Introduce una forma de pensar y operar en la situación que desborda los
parámetros de la lógica lineal y del sentido común, sustentado en la idea
elemental de que una fuerza aplicada debidamente vence una fuerza contraria.
El padre, por el contrario, simboliza lo viejo y caduco, el pensamiento
cristalizado y la operatoria rutinaria. Aunque conseguir mejores resultados
que los padres pueda generar dosis de culpa, los viejos problemas son
contemplados por Erickson con perspectivas nuevas. Del mismo modo, los
pacientes avanzan al tomar nuevos encuadres y puntos de vista de su
realidad. Empujar por la cola supone una atrevida acrobacia lógica que
resulta eficaz; por esto, y aunque los viejos paradigmas se aferren a su
estabilidad aún con la evidencia de sus limitaciones, generar nuevos modelos
es un reto que debemos asumir en la medida que posibilitan opciones más
eficaces.
· La historia
expresa, de manera muy comprensiva, la rentabilidad de no enfrentarse a la
resistencia creando un circuito de fuerzas polarizadas sino más bien aliarse
con la misma, incrementándola incluso, en lugar de plantear un “tour de
force” en el que el terapeuta deba proclamarse vencedor. Cualquier terapeuta
sabe que el paciente quiere cambiar por lo menos tanto como quiere conservar
su statu quo, la problemática y el sufrimiento. Si el terapeuta
empuja con demasiado ahínco en la dirección del cambio, le corresponderá al
paciente el esfuerzo de retener su problemática. Entonces, ¿no es absurdo
una situación terapéutica en la que el terapeuta quiere que el paciente
cambie mientras éste se aplica en no hacerlo y conservar su situación?.
En términos
gestálticos las resistencias son asistencias, o sea, recursos y opciones de
la persona que también deben ser integrados.
· Se muestra el poder
del pensamiento paradójico y la eficacia de las intervenciones terapéuticas
centradas en recetar los síntomas como medida de su resolución. Desalentando
los cambios, señalando la pertinencia de mantener los síntomas,
prescribiéndolos cuando el paciente pretende eliminarlos, se articula un
desequilibrio en el planteamiento opositor o de control del paciente, así
como en la función y beneficios obtenidos por los mismos.
· Por último, bien
podríamos hacer una pregunta nada estúpida. Es evidente que padre e hijo han
mostrado sus recursos, pero ¿qué pasaría si ahora llegara el nieto y
pidiera su turno para encarar al burro frente al establo?. Imaginemos que
toma la siguiente opción: se sienta a meditar y desarrolla un profundo
respeto por el destino del burro y una amorosa y profunda indiferencia por
aquello que el burro haga, confiando en que un burro libre de “enganches
interpersonales” con su amo simplemente hará lo mejor para sí y seguirá el
curso de su propia naturaleza sabia “de burro”, lo cual le llevara
directamente al forraje del establo. Se conforma así una posición libre de
intenciones, expresando algo así como “no estoy aquí para empujar por
delante, tampoco por detrás, ni siquiera estoy aquí para empujar, solamente
estoy aquí”.
¿Quién de los cuatro,
padre, hijo, nieto o burro es gestaltista? ¿quizá todos? ¿quizá ninguno?.
Objetivos de este
escrito. El grano y la paja.
He presentado la
metáfora del burro frente al establo a modo de sentido organizador para
ilustrar algunas maneras diferentes de entender la relación terapéutica. A
continuación me centraré en las ideas de “esquema interpersonal”1
y “escenario interpersonal”. Perfilaré algunas de las herramientas
disponibles del terapeuta para abrirse camino en los avatares de la relación
terapeutica. Tomaré posición de simpatía por el cambio de segundo orden
(aquel que trastoca el escenario interpersonal habitual del paciente y, con
suerte, también del terapeuta a través del impasse, implosión y explosión
según la conceptualización de Perls ). Proseguiré interrogándome sobre el
viejo tema de “si y cómo cura la relación” para desembocar en una breve
reflexión sobre el tema de la transparencia.
Engarces
interpersonales. La horma de nuestro zapato.
Llevamos impreso en
nuestro cuerpo una definición de quiénes somos, y a partir de ella, a modo
de libretos, activamos ciertos esquemas o engarces interpersonales, ciertas
propuestas de relación que incluyen la definición, lugar y función del Yo y
del Tú o el Otro, configurándose así un escenario interpersonal favorito en
el que nos sentimos cómodos porque resulta familiar. Dicho escenario
tratamos de recrearlo una y otra vez, aunque desemboque a menudo en
sufrimiento o frustración.
Estos esquemas o
engarces se activan inmediatamente cuando entramos en relación, definen
nuestras relaciones y son contextuales, es decir, en ciertos contextos y con
ciertas personas se activan de una manera específica. En algunos contextos
uno se pone de superior y fuerte y en otros de inferior y débil por ejemplo,
aunque en distintos momentos con las mismas personas también pueden cambiar
las posiciones. Todo esto ocurre más allá de lo verbal e incluso más allá de
la voluntad e intenciones de las personas.
Ahora estamos con el
paciente y nos ponemos frente a lo que dice y cómo lo dice, es decir, el
contenido y la forma, el discurso y la relación, y nos sensibilizamos a su
particular forma de presentarse a cada momento. Entonces desde la
perspectiva de los esquemas interpersonales y de la relación, el terapeuta
se pregunta ¿para qué se pone así ante mí?, ¿en qué lugar me siento yo
empujado a ponerme?, ¿a qué me invita la propuesta de relación del
paciente?, ¿qué esquema de relación está activando para involucrarme en él?,
¿qué lugar quiere que ocupe y como quiere que responda? El terapeuta también
se preguntará ¿porqué o para qué hace esto?, ¿cómo, donde, aprendió a
ponerse así en la relación?, ¿cuáles fueron las relaciones primeras, dónde
están los modelos?. El terapeuta se hace las preguntas que corresponden a
sus suposiciones sobre qué es relevante en terapia, en la relación
terapéutica y en el funcionamiento de las personas.
Vemos entonces como
un paciente que se presenta como dependiente o infantil trata de activar en
el terapeuta una posición complementaria de maternaje y cuidados; otro que
se muestra narcicista y autoencantado buscará la activación de respuestas
aduladoras o seducidas o masoquistas, satisfecho de un tú que ocupa tan poco
espacio, tan inexistente. Aquel que se pone como extraviado demanda guía y
un posicionamiento de seguridad y autoridad por parte del terapeuta. El
perfeccionista, escondiendo su propia desesperación y pequeñez, demanda el
ardid imposible de que un pequeño, desgarbado y falible terapeuta tome en
sus brazos a un coloso de piedra. Otro, a base de proclamas autoinmolantes,
pretende convencer al terapeuta de cuán lógico sería que lo escupiese,
rechazase, que fuera un sádico y legítimo abusador. El controlador reta la
capacidad confrontativa del terapeuta como diciendo “si verdaderamente
fueras fuerte y poderoso conseguirías romperme”. O el clásico burro frente
al establo: el paciente pasivo que agrede resistiendo mientras proclama con
inocencia “no dejes de empujar”, en tanto el terapeuta se empeña con las
mejores intenciones. Y así, un largo etcétera, pues las combinaciones son
infinitas. Por otro lado esto es sólo una cara de la moneda ya que si le
damos la vuelta encontramos fácilmente más de lo mismo en versión
aparentemente distinta: el que busca maternaje también trata de confirmar su
orfandad y el rechazo del terapeuta; al que buscaba adulación no le
desconcierta descubrir la exasperación del otro y su confrontación; el
extraviado podrá despreciar los caminos que le ofrece el experto terapeuta
hasta insegurizarle y extraviarle también; el que busca desprecio también
fantasea con encontrar la valoración y el reconocimiento absoluto. Por
último, el burro frente al establo degusta tanto la omnipotencia como la
impotencia del terapeuta: ambos son de la misma clase de pasto fresco en la
cerca de su neurosis.
Conciencia e
ignorancia. Experto en hormas y zapatos.
Para el terapeuta,
una tarea principal consiste en ser consciente del “esquema interpersonal”,
“propuesta de relación” o “asunto transferencial” que el paciente activa en
la terapia porque le resulta un escenario conocido, cómodo y seguro, que
corresponde a los aprendizajes y esquemas de vinculación que fueron
importantes en la historia del paciente, permitiéndole defenderse, manejar
el entorno, sobrevivir y hacer llevadero el dolor.
El terapeuta también
debe ser consciente ( trabajo que se va perfilando y profundizando más y más
en la supervisión) de su propio “esquema interpersonal”, “propuesta de
relación” o “asunto contratransferencial” favorito porque en él se encuentra
cómodo y le refleja los propios aprendizajes, pautas, defensas y
cristalizaciones de su historia personal. Cuando el terapeuta activa de modo
reiterado e inconsciente su propio esquema predilecto, se vuelve víctima del
mismo, pierde indiferencia y perspectiva e involucra al paciente en una
propuesta de relación cristalizada, incuestionable e inflexible.
Un ejemplo: hace un
tiempo entrevisté a un hombre que venía de una larga y fracasada terapia de
17 años. Al preguntarle sobre qué hubiera esperado conseguir y qué habría
tenido que pasar para considerar exitosa la terapia, me confesó que su único
objetivo era llegar a tener una pareja y que cada vez que con la terapeuta
se daban cuenta de que esto no estaba ocurriendo, decidían alargar la
terapia para darse más tiempo en pro del mismo objetivo. Sólo después de 17
años lograron asumir su fracaso y aventurarse a una desesperanzada y
dolorosa separación. A medida que me iba contando su historia se me hacía
más claro el absurdo perfil que a veces toman las cosas, y cuán imposible
era el objetivo que se habían planteado en la terapia. En verdad, este
hombre sí había conseguido su objetivo, a saber, tener una pareja, ya que
resultaba evidente que estaba emparejado con la terapeuta. Lo extraño era
que desde ahí pretendiera una pareja para su vida. Me resulta inconcebible
pensar que esto ocurriera sin que en algún lugar la terapeuta también se
sintiera pareja del paciente. Mientras supongo que trataban de abordar los
problemas referidos a tener o no pareja, en otro nivel mantenían
incuestionable un libreto interpersonal que rezaría más o menos así “tú me
tienes a mí mientras yo te tengo a ti, ambos nos tenemos, y ambos nos
esforzamos para simular que trabajamos para un objetivo que sabemos
imposible”.
Cuando un joven
camina hacia la independencia y la autonomía, el mal menor ocurre cuando le
duele o le hace sentir culpa o le confronta con una auto desidealización. El
mal mayor se da cuando la madre extiende sus silenciosos y penetrantes
tentáculos para seguir poseyéndolo. Así es también en la terapia: toda
terapia topa con el límite en que confluyen los intereses inconscientes y
por tanto no cuestionados del terapeuta y del paciente. El terapeuta
deposita en el paciente ciertas funciones que éste debe cumplir porque se
acomodan al escenario interpersonal favorito del terapeuta, y si el
terapeuta es totalmente ciego y compulsivo en este aspecto, el paciente sólo
podrá liberarse del esquema interpersonal del terapeuta dejando la terapia,
pero no dentro de la misma.
La relación
terapéutica corre el riesgo de estereotiparse y perder creatividad, frescura
y sentido de la sorpresa. A decir verdad, como la mayoría de las relaciones,
a medida que avanza tiende a ser predecible y pierde lugar lo inesperado, lo
cual nos ofrece comodidad y seguridad, pero cuando en la relación
terapéutica se fija un cierto estereotipo o escenario interpersonal ya no se
logran avances determinantes. Pensemos por ejemplo en el terapeuta que
necesita mantener, sí o sí, o sea compulsivamente, una posición de “madre
comprensiva” lo cual invitará a sus pacientes a convertirse en “niños
quejosos”; un terapeuta en posición de “gurú sabio” desencadenará en sus
pacientes el complementario de “seguidores estúpidos y dependientes” o el
simétrico de “aprendices de gurú sabio”. Otro en posición de “omnipotente”
fomentará la impotencia del paciente, el que se pone de “desnutrido y
carente” desarrolla la posición “grande y parentalizada” del paciente, etc.
En general toda la
gama de posiciones, si son fijas, estabilizan y cristalizan un statu quo
relacional que no admite posibilidades nuevas. Es frecuente en
supervisión que el terapeuta comprenda que sus atascos y líos en la terapia
corresponden a sus propias “pautas y urgencias de vinculación”, y que éstas
hacen desembocar la terapia hacía el impasse, la pesadez, el fracaso o, con
suerte, en el reconocimiento de sus límites. En el caso que el terapeuta
esté más o menos libre de sus “esquemas interpersonales compulsivos”, o con
suficiente comprensión para manejarlos, está en disposición de percibir y
atender mejor el esquema interpersonal del paciente con flexibilidad y
opciones suficientes. A ello ayuda recordar que el terapeuta está de paso, y
que es bueno que no se sienta alguien demasiado importante para el paciente.
Por esto pienso que a los terapeutas nos conviene hacernos a menudo la
siguiente pregunta: ¿qué suposiciones puedo o no cuestionar acerca de quién
soy Yo para el Otro, o acerca de quién es el Otro para mí?.
Las opciones del
terapeuta en la relación. Más de lo mismo no basta.
Retomando la historia
del burro frente al establo, se pueden determinar para el terapeuta por lo
menos las tres opciones ya descritas y alguna más:
· Activación o
respuesta complementaria a la invitación del paciente. O sea, empujar hacia
delante. Tomemos al paciente “resistente pasivo” o “pasivo agresivo”. El
paciente se planta ante el terapeuta y su libreto no explicitado dice “no me
moverán”, lo cual quiere decir “yo no me moveré y tú tratarás de moverme”.
En su historia fue reiteradamente vencido y obligado, una y otra vez se
rompió su voluntad, quedándole la única victoria posible de su pasiva
oposición y fría resignación. En su escenario hay un obligador invencible y
un dócil absolutamente rebelde y resentido. El terapeuta se siente invitado
a empujar, a aplicarse con todas sus fuerzas, estrellándose contra la
granítica oposición envasada en una sonriente colaboración, hasta terminar
exhausto, cabreado e impotente. En este momento el paciente esboza una
sonrisa victoriosa. Ha jugado su juego favorito y se siente a gusto porque
confirma su esquema interpersonal. En verdad ambos pierden, víctimas de un
drama inútil y sin ningún cambio. El terapeuta ha activado una posición
complementaria y aceptado el papel de personaje comparsa en el drama del
paciente.
· Activación o
respuesta simétrica a la invitación del paciente. O sea empujar hacía atrás.
Ahora el terapeuta trata la resistencia como asistencia y no desea vencer.
No se pone a empujar ni toma un perfil activo. Le da todo el espacio a la
resistencia y ésta una vez delatada y amplificada ya no puede resistir, ya
no puede seguir ejerciendo su función. Ahora, cuando el paciente invita a
“tú tienes que moverme” el terapeuta se queda pasivo, en posición simétrica,
casi robándole el rol al paciente, y manda el siguiente mensaje (no
necesariamente verbal): “no te aconsejo moverte” o “efectivamente no te
muevas” o “respeto tanto tu talento para oponerte y para la pasividad”.
Paradójicamente, si el terapeuta incentiva la oposición del paciente, éste
sólo podrá oponerse moviéndose y dejando de resistir. Para seguir
oponiéndose dejara de oponerse. Desde luego, ahora el terapeuta compite por
la pasividad e inmovilidad, no asume la invitación de empujador, con lo cual
el paciente con suerte se movilizará, o bien asumirá él el papel de
exasperado y cabreado, exigiéndole al terapeuta que haga algo. Es el
escenario al revés: el paciente empujando al terapeuta que se resiste a
hacer nada. Ahora el terapeuta no asume la posición propuesta por el
paciente y más bien se iguala a él, lo cual sacude al paciente en su
posición preferida aunque no cambia el esquema. Cambian las posiciones
dentro del esquema y quizás el paciente logre más conciencia de sus
preferencias interpersonales y de sus límites.
· Pura indiferencia
amorosa. Esta tercera opción es la más difícil pero también la más curativa
y la que facilita más cambios porque es la más frustrante y la que más
desequilibra el sistema y los patrones del paciente. Es la actitud de la
indiferencia y el desapego del terapeuta, algo así como: “yo no estoy aquí
ni para empujar ni no empujar, este no es mi juego, ¿ahora qué?. Yo no estoy
aquí para hacerte de padre ni de hijo, no estoy aquí para jugar este juego,
¿ahora qué?”. No se trata de empujar al burro ni por delante ni por detrás
pues al fin y al cabo qué le importa al terapeuta donde vaya el burro o lo
que decida hacer. El terapeuta respeta el destino del burro ,sea el que sea.
¿Qué le importa al terapeuta el burro del paciente?. El burro como fijación,
como diseño estereotipado acerca de la realidad y las relaciones. Si el
terapeuta permanece centrado e indiferente, desinteresado de jugar al burro
del paciente, quizá éste se interese más en bajarse del burro, dar el brazo
a torcer y activar otros esquemas interpersonales centrados en la actualidad
y realidad de la relación. Aquí si que habría un cambio profundo o un cambio
de otro nivel: se resquebraja el escenario interpersonal del paciente y el
terapeuta no juega. Esto genera suficiente vacío y suficiente confianza como
para activar las fuerzas de la salud y transitar el impasse y asumir los
riesgos. En términos de la conceptualización gestáltica, la pura
indiferencia frustra los clichés y juegos favoritos: ahí llega el impasse,
la desestructuración, incomodidad y temor, que genera la energía para
incursionar en el vacío y el dolor y transitar hacía la explosión de lo
nuevo y bien anclado en lo organísmico. Ahora ya no se trata de pequeños
cambios en el decorado del escenario, sino un cambio de escenario, un cambio
más fuerte y profundo.
· Ahora dirijo yo.
Milton Erickson contaba la historia de un ladrón que en la calle asalta a su
víctima y le dice – Déme todo el dinero. Lo que cabe esperar es que la
víctima saque su cartera y entregue el dinero. Pero, qué ocurre si tiene
respuestas desacostumbradas o sorprendentes del tipo - ¿qué hora es
exactamente?, o – Hace dos años enterramos a la abuela, o - ¿qué signo del
zodiaco es, sabe, soy astrólogo?, etc... En lugar de responder a la
propuesta del atacante aquí la víctima se arriesga y toma la dirección;
sorprendentemente trata de definir otro contexto y otras reglas que no
encajan con lo esperado. Esta anécdota sirve al propósito de comprender la
importancia de que el terapeuta impida que el paciente juegue siempre con
sus reglas y proponga saltos creativos y extraños que lleven al paciente a
experiencias desacostumbradas, fuera del territorio y escenarios que
articulan su modelo del mundo. Se introduce sorpresa y ruptura de esquemas y
de expectativas. Si en los parámetros y la lógica que maneja el paciente no
encuentra la salida no suele ser muy rentable entrar a participar en dicha
lógica.
Mencionemos como un
ejemplo a Giorgio Nardone
2
que, en el contexto de la terapia estratégica, ha creado protocolos
específicos que cumplen la función de desactivar las soluciones que el
paciente intenta para resolver sus problemas y que acaban por mantenerlo. En
el caso de los pacientes obsesivos, por ejemplo, les señala cómo buscan
respuestas inteligentes a preguntas tontas, con la esperanza de mitigar su
angustia. Lo cual, mirado de cerca, resulta una magnífica intervención que
denuncia que las preguntas son tontas y, al mismo tiempo, sugiere al
paciente obsesivo que, tal vez no le convenga buscar respuestas verdaderas
e inteligentes. Por tanto no se trata de colaborar con el paciente buscando
respuestas aún más inteligentes que tranquilicen su arista ansiosa, sino que
el terapeuta reducirá al absurdo los parámetros del paciente optando por
otra clase de absurdos más interesantes: en este caso descubrir la notoria
estupidez de las preguntas. Concluyendo, resulta muy sensato que el cociente
de creatividad y flexibilidad sea superior en el terapeuta.
Persistencia vs.
cambio. Cambiar cambiando y cambiar manteniendo la estabilidad.
Al hilo de lo que
vengo desarrollando podemos sintetizar la tarea y la influencia posible del
terapeuta en cuatro aspectos:
· El camino de la
conciencia o “a eso juegas”. El terapeuta trata de que el paciente comprenda
sus modos y patrones de vincularse y relacionarse. A partir de sus
comprensiones de la relación señala al paciente “A esto juegas, de esta
manera lo haces”. Lo hace a veces facilitando que el mismo paciente se de
cuenta de sus pautas, con el soporte de lo que va ocurriendo en la propia
relación terapéutica. El paciente comprende cómo lo hace, incluso cómo
aprendió a hacerlo de este modo, y qué beneficios saca con ello. Se confía
que la comprensión y conciencia actuará de elemento reorientador. El
terapeuta trabaja para que el burro tome conciencia de cómo se resiste.
· El camino de la
asistencia y la reparación o “intercambiando jugadores y posiciones”. Según
mi observación, la mayoría de los pacientes buscan la mejoría a través de
obtener una compensación y no a través de la renuncia. En algunos talleres
grupales he planteado el siguiente trabajo: - “Tomando representantes para
cada persona de tu familia construye una escena que a modo de símbolo
consiga hacernos entender tu problemática de fondo y dale una frase a cada
miembro que explique su posición y vivencia en la familia”. Luego pregunto
–“¿cómo arreglarías esto?”, e invariablemente las personas pretenden
arreglarlo compensándose, es decir, si la madre no les quiso ahora les ha de
querer, si el padre era débil ahora tiene que ser fuerte, si la madre era
invasiva ahora será respetuosa, etc. Y les entiendo, a todos nos gustaría
que las cosas fueran exactamente como corresponden a nuestros deseos.
También sé del poder de las vivencias y las escenas reparadoras o
restauradoras: poner amor donde hubo distancia, ternura donde hubo
violencia, el abrazo donde el amor fue cortado, etc. Esto genera nuevas
experiencias en el corazón y cierra gestalts pendientes. Ahora bien, voy a
sostener que la compensación y la reparación es dulce, pero no es la
curación. Me parece más curativo cuando la persona integra y respeta su
historia y “renuncia” a la idea de que las cosas tendrían que haber sido de
otra manera, y por tanto a buscar compensaciones conforme dicta su escenario
interpersonal. Cuando el paciente consigue del terapeuta una respuesta
complementaria, por ejemplo cuando el paciente en posición infantil consigue
maternaje del terapeuta, se trata de una compensación dulce. Si no la
consigue y encuentra una respuesta más simétrica o de rechazo se trata de
una frustración, pero también dulce porque sigue remitiendo al mismo
escenario que el paciente tiene interiorizado. Si un paciente activa en el
terapeuta una posición de rechazo, tanto si éste lo rechaza como si lo
acepta, se está jugando en el escenario dramático del paciente. La curación
sería más bien renunciar a dicho escenario, tomarle distancia y desarrollar
otras pautas de vinculación.
El terapeuta empuja
al burro por delante o por detrás, recreando su escenario preferido con la
esperanza de que haya movimiento y cambio. En este caso se trataría del
cambio de primer orden, se producen cambios y alternancias en el sistema, la
homeostásis positiva o negativa produce equilibrios o desequilibrios, y esto
está bien y puede ser jugado durante un tiempo, sin embargo mantiene el
sistema invariable. En el terreno de juego se intercambian jugadores y
posiciones, y a menudo esto es vivido como un cambio dulce y agradable, por
lo menos durante un cierto tiempo.
· El camino de la
creatividad o “vamos a jugar en otro campo”. Si a ti te interesan los
reptiles, a mí los mamíferos. Si los problemas del paciente se centran en el
deporte de ping pong, por ejemplo, el terapeuta evita dicho deporte y le
enseña al paciente los entresijos del golf, o del patinaje, etc. Esta
influencia es muy frustrante porque se centra en generar posibilidades y
evita las dulces compensaciones o frustraciones que el paciente desea.
· El camino de la
indiferencia y creativa o “yo no juego”. La dinámica de los opuestos y de
las posiciones queda estrecha frente a la profundidad de la indiferencia,
que viene a decir algo así como “y qué importa” o “yo no juego. Me basta con
mirar el alma en tus ojos”. Esta es una influencia verdaderamente
frustrante, no una simple frustración dulce. El terapeuta asiente a las
cosas tal como son. Este es otro nivel que siembra la base para que el
paciente recolecte un cambio por “renuncia”, “dando el brazo a torcer”, un
cambio de segundo orden, profundo. Quedan en entredicho, relativizados, los
viejos escenarios y cambia el sistema. Ahora el terapeuta no empuja nada ni
toma parte.
Entonces, ¿cura la
relación?
La relación
terapéutica cura en tanto matriz de conciencia, creatividad, nuevas
experiencias y aprendizajes, y encuentro humano y libertad, y enferma en
tanto faltan estos ingredientes. Sirve cuando abre posibilidades y es inútil
si sólo recrea los viejos escenarios interpersonales del paciente, en
versiones sólo en apariencia distintas.
En mi opinión, uno de
los principales recursos para el terapeuta es conocer, “darse cuenta” de
sus principales exigencias y preferencias interpersonales, y sentirse tan
“paciente” e involucrado en su propio conocimiento y cuestionamiento como lo
espera del paciente.
De este modo el
terapeuta no sólo camina por el espacio terapéutico sino que también lo
sobrevuela, así tiene una perspectiva más abarcativa; no sólo ve el próximo
paso sino la naturaleza de la danza y el retrato que conforma la relación
con el paciente y está en condiciones de iluminarlo y manejarlo mejor.
Si su sensibilidad y
percatación es la herramienta base para los dramas y las comedias de lo
humano, el desarrollo de una madura y amorosa indiferencia le provee de una
sabiduría y sensibilidad mayor. Esto le hace más libre.
La transparencia del
terapeuta como sustituto al manejo de la contratransferencia es sólo un
ingrediente más de una actitud crecida en la “indiferencia amorosa”, que
sirve al encuentro dialógico si se sostiene en ella. Con un poco de retardo
respecto al anterior número, que versaba sobre transferencia y
transparencia, que sirvió de estímulo para ordenar mis ideas aunque todavía
no estuvieran listas para ser plasmadas, diré como colofón que, en mi
opinión, el contrapunto natural gestáltico al concepto analítico de la
contratransferéncia no es tanto la transparencia sino una indiferencia
amorosa o centro vacío del terapeuta y su congruencia personal. Más
importante que la transparencia me
parece la congruencia del terapeuta y su capacidad para mantenerse honesto y
libre. Haría diferencia entre el terapeuta manejado por la transparencia del
terapeuta que la maneja. El primero muestra su verdad como parte de la
jugada prescrita por el paciente: responde a la compulsión dictada por la
fuerza de escenarios interpersonales viejos y limitantes. El segundo goza de
libertad y vive en el presente.
Barcelona, diciembre 1999
1
. Citado por Giovanni Liotti en artículo en Revista de Psicoterapia nº
26-27: “Safran (1990) ha propuesto el término de “esquema interpersonal”
para definir estas estructuras del conocimiento del sí-mismo y del otro”.
2
. Giorgio Nardone y Paul Watzlawick: “Terapia breve: filosofía y arte”. Ed.
Herde
Joan Garriga Bacardí
http://joangarriga.com/
Cursó estudios de
Derecho durante tres años y se licenció en Psicología por la Universidad
Central de Barcelona. Interesado por la psicoterapia de corte Humanista se
formó en la misma y se especializó en Terapia Gestalt, PNL, abordaje
Ericksoniano, y métodos escénicos y corporales. En 1986 crea y dirige junto
con Vicens Olivé y Mireia Darder el Institut Gestalt de Barcelona, desde
donde desarrolla su actividad como terapeuta, formador y supervisor de
terapeutas gestálticos y especialistas en PNL. Más adelante conoce y aprende
con Claudio Naranjo, de quién será discípulo y colaborador para sus
programas Sat de psicoterapia Integrativa, que incluyen –entre otras- la
Psicología de los Eneatipos (Eneagrama) y la meditación como poderosas
herramienta de auto conocimiento y trabajo interior.
En el año 1999 invita a Bert Hellinger a presentar su trabajo sistémico
sobre Constelaciones Familiares en España; sintiéndose empujado a su
divulgación y enseñanza se ha ido convirtiendo en uno de los principales
exponentes de este trabajo en España y el mundo hispano parlante. Ha
publicado numerosos artículos sobre psicoterapia y relación de ayuda en
revistas especializadas, y colaborado en el libro “Gestalt de vanguardia” de
Claudio Naranjo, explicando su manera de trabajar en terapia Gestalt y de
integrar los aportes de las Constelaciones Familiares.
Actualmente reside en Barcelona.
És autor de "Vivir en el alma: amar lo que es, amar lo que somos y amar a
los que son" y "¿Dónde están las monedas? El cuento de nuestros padres".
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